LA CIUDAD Y BOLI.- 21-09-2006Esta mañana alrededor de las 8 llegó a casa la tormenta tropical Gordon, ese frente que asociado a la borrasca de Irlanda provocó un tremendo pánico en Pinti y Tom, quizás Boli no lo percibió. Sentí golpear la puerta con tanta fuerza que la abrí y dejé que ambos se acostasen en el distribuidor. Pinti jamás soportó las tormentas ni los vientos arreciados, creo que ni siquiera ese viento molesto que incluso a muchos humanos les produce inquietud y trastornos en la ansiedad. Ello me trajo al recuerdo otras muchas tormentas en las que el predominio del viento asustaba considerablemente a Pinti. Boli se quedaba fuera ladrando. Pienso que lo haría para defender a su pareja y también, por que no decirlo, por su propio miedo y el de la perra. Hoy ella no tenía a su defensor ladrando a la tormenta. Le habrá echado de menos porque subió a la habitación y acercó su hocico a mi mejilla buscando quizás protección o queriendo decirme que Boli no estaba y tendría que salir yo a acallar los silbidos del viento, así lo hice y ella se tranquilizó. Recogí toda la hojarasca que se había extendido por el porche y en el camino, levanté la maceta de una azalea, que por cierto este año adelantó su floración días antes de irse Boli, que hoy hace exactamente una semana que decidió abandonarnos para reposar.

Ayer recibí una llamada en respuesta a un correo que remití el día 14 comunicando lo ocurrido aquel día. La conversación giró alrededor de Boli, a pesar de mi insistencia y en contra de mis deseos, pues me apetecía hablar de su viaje. En nuestra conversación otro fue el protagonista. Había llegado ayer de unas vacaciones por Egipto en compañía de sus dos hijas y al leer mi correo sintió deseos de leer este Blog. Me manifestó la necesidad que sintió de llamar a las chicas para releerlo a su lado, y me expresaba lo que habían sentido sin haber siquiera conocido a Boli. Las lágrimas les acompañaron en cada página y me decía que desde aquel momento Boli ya era en su hogar un perro con nombre propio. Si, es cierto, en todos los pueblos cercanos a nuestra aldea, Boli siempre tuvo nombre propio, todos lo vecinos lo reconocían, lo describían perfectamente. Se había despertado un sentimiento, un afecto hacia el protagonista de mis querencias. Le conté lo mucho y las muchas veces que nos hizo sufrir. Hablamos de aquella escapada que Pinti y Boli habían hecho a la ciudad, recorriendo una distancia de 8 ó quizás más kilómetros, y quizás las decenas que luego hicieron para intentar el retorno. Hablaré de ello, pero antes quiero significar los sentimientos que me produjo aquella llamada.
Había pasado un tiempo largo sin saber de nosotros y aquellos sentimientos compartidos a través de una página nos recordó nuestra existencia. Cuando sentimos, recibimos gran cantidad de sensaciones, percibimos con mayor claridad los estados de ánimo de todo lo que nos rodea, hay incluso, al menos eso me parece, una mayor reciprocidad entre los humanos. Los sentimientos son el resultado de vivencias íntimas. Muchas veces descubrimos que solamente viviendo la experiencia de cada día, con la entrega que nos hacemos los unos a los otros, provoca que afloren los sentimientos. Ayer percibí que quizás todo es distinto. A pesar de la distancia, incluso del tiempo transcurrido, todo aquello que nos afecta o marca en un determinado momento nuestra vida, en este caso la lectura de una manifestación íntima, hace que afloren amistades pasadas con una mayor intensidad, incluso más que lo vivido cada día.
Cuando yo expreso a través de estas páginas mis sentimientos con este adorable perro, es mi estado de ánimo que me incita a abrir una puerta al mundo para hacer extensivo el cariño que yo sentía por él a todos los que posean o hayan tenido en su vida un animal en el que volcaron su cariño. Durante este tiempo de expresión de sentimientos, asoma una mayor sensibilidad para apreciar lo que ocurre a mi alrededor, causada por la gran receptividad que poseo durante este tiempo. Me lleva al encuentro con otros seres que la dejadez había provocado entre nosotros un aislamiento inducido.


Regreso a la escapada de Pinti y Boli a la ciudad, necesito contarlo, creo que debe conocerse.
Una tarde como la de hoy, hace unos 6 años, yo fui a la ciudad. Unos amigos vinieron de visita a casa y, por no se sabe que razón, la puerta de entrada no se cerró. Boli nunca se hubiese alejado de su casa, era su territorio y jamás se alejaba de aquel entorno. Pinti, quizás debido a su juventud, a su curiosidad, incluso muchas veces pensé que la causa sería el no aceptar a aquellos que no perteneciesen a su manada, decidió salir al monte. No regresó. Pasados tres días descubrimos que había seguido a mi coche, había llegado y recorrido la ciudad.
Esa tarde, ya cercano el ocaso, se les buscó por toda la zona cercana a la casa, se preguntaba a cada vecino, a cada transeúnte y nadie podía dar una señal de ellos, se recorrió la vía férrea cercana a la aldea pensando en un atropello, se avisó a RENFE, ninguna de las alternativas fue exitosa. Por la noche ampliamos aún más el radio de búsqueda, silbando, gritando sus nombres ¡¡Boli!! ¡¡Pinti!!, hasta que la desesperación invadía los ánimos. Esa noche y las posteriores hasta su aparición, quedó el portalón abierto por si decidían volver, al menos que tuviesen la puerta franca. No era posible conciliar el sueño, salíamos a mirar por las ventanas, llamábamos desesperadamente en la noche. La nada era la respuesta, quizás solamente algún ladrido de otro perro de la aldea disgustado por interrumpir su sueño. 

Al día siguiente a primera hora, aún sin despuntar el sol, y después de hacer unas decenas de carteles con el repetitivo “SE BUSCA”, salí a colocarlos en cada cruce de camino, pistas, carreteras, en cada tablón de anuncios de cada aldea en un radio de dos kilómetros. Anuncios en la prensa local, y en la radio. La nada como respuesta. Sólo percibía las tristes miradas de algún animal que su dueño había atado con una enorme cadena a un poste o a un muro. Ellos no eran libres porque por el mero hecho de su existir no podían acercarse ni a los niños, ni a los árboles, ni pasear libremente por el campo, ni a los jardines de las humanas urbes. Estaban atados como un esclavo. Sentía pena de lo que mis ojos veían, aquellos perros no podían ser libres, Pinti y Boli parecían serlo o lo habían pretendido, sin haber estado atados a nada salvo a la estructura de la manada. Habían dejado tras de si el espacio feliz por ambientes aparentemente hostiles.
Cuando terminas tirado emocionalmente, sin norte, en cualquier recodo de un camino, después de ir deshojando lágrimas por pistas y montes que te llevan a ninguna parte, ya no sabes que dirección tomar. Todo te consume internamente, agotado quizá más en el espíritu que en cuerpo.
Cada día todo se repetía, gritábamos desde lo alto de cada monte escuchándo solamente el propio eco, silbaba con los labios o introduciendo los dedos de mi mano bajo la lengua para hacerlo, si ello fuera ya posible, con mayor intensidad. Ni una respuesta, ni un ladrido, si, otros ladridos, pero no los de Boli, tan fuertes, tan distintos. Esa tarde el móvil sonaba constantemente por alguien que había oído las cuñas repetitivas en la radio. Señales equívocas todas ellas, incluso parecía que los habían visto en una autopista a 50 quilómetros de su espacio. ¡No era posible todo aquello!
Otro día y nuevas llamadas, ahora ya leídas en la prensa y las cuñas de la radio. Excelentes intenciones en cada llamada, incluso sufrimientos compartidos, amistades de un día, pero nada nos llevaba a su encuentro, a conocer el trayecto de sus pisadas.
Al fin el tercer día, cuarto si consideramos el día de su escapada, a las 8 de la mañana una voz al otro lado del teléfono dice que ve a dos perros blancos con collar cerca de su casa. Para asegurarme de su identidad le digo sus nombre para que les llame. Ellos responden y se acercan, los entretiene a cierta distancia mientras me acerco a buscarles. Los 10 minutos en coche más eternos de mi vida, me parecía no llegar nunca, ¡qué terrible es a veces el tiempo!. Les veo a distancia, les llamo y Pinti acude veloz, Boli con mayor lentitud y cojeando. Estaban en la ciudad, en la ciudad de mis raíces, de mis identidades, ¿a dónde sino podían haber ido?, me pregunto ahora
con la seguridad y alegría que me produce el saber que son ellos.
Yo, como ya dije antes, había ido a la ciudad, Pinti quiso seguirme, aún hoy desconozco la razón de su decisión. Boli la siguió para protegerla porque ella era muy joven, aún no había cumplido un año. Luego, pasados los días pudimos saber que habían recorrido toda la ciudad por la parte oeste, donde el monte arbolado les protegía, hoy ya no podría ser porque los incendios dejaron desértica aquella zona protegida de la ciudad.
La alegría al verme y sentirse ya a mi lado fue desbordante, les llevé a casa, incluso les reñí dulcemente pero Boli que no se sentía culpable sino solamente protector de aquella cachorrita me gruñó, estaba molesto porque yo no entendiera sus razones, quizás también porque su pezuñas se habían desgastado y tenían heridas. Jamás volvieron a abandonar su habitat, aún estando la puerta abierta, salvo que les acompañásemos.